
No puede hablarse del paisaje, de un paisaje de Tenerife, sino de todo un mosaico increíble de paisajes. Las mismas razones que explican la variedad de microclimas, son la base de esta fantástica mezcla de perspectivas, de colores, de aromas, de panorámicas distintas que nos van sorprendiendo a cada paso, cuando recorremos la isla, produciéndonos la impresión de que, en breves kilómetros, hemos cambiado de país, de continente incluso.
Generalizando mucho, podríamos decir que, paisajísticamente, Tenerife se divide en un Norte verde, húmedo, con una vegetación más frondosa, y un Sur más seco y ocre, salpicado de plantas adaptadas al sol intenso, como ciertos tipos de cactus, cardones, tabaibas... Pero, eso sería francamente simple, porque, además, está la cordillera de Anaga, verdadera espina dorsal de la isla, en cuya cresta florece, lujuriosa, la laurisilva, una reliquia vegetal prehistórica que tiene su último refugio en el archipiélago.
Los barrancos casi inaccesibles-algunos, sorprendentemente bellos y ajenos al tiempo y al mundo, como el del Infierno. Y las playas, de arenas negras en el Norte, y clásicamente rubias en el Sur. Y las palmeras que, como espigados centinelas, otean el mar, a lo largo de toda la costa, desde San Juan de la Rambla hasta la Isla Baja.
Valles subtropicales, como el de la Orotava, y los bosques de pinos, y las brumas de medianías que se transforman en manto blanco desde lo alto: el mar de las nubes.
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