El mar lo es todo para el isleño. Frontera y camino, esperanza y despensa, el horizonte por donde se van los amigos y regresan los sueños... Aquí es posible disfrutar de todas las actividades marinas en cualquier época del año. Y los puertos deportivos, con la alegre y colorista estampa de los yates y barcas flotando, impacientes, a la espera de enfrentarse a la ola y el viento, jalonan, aquí y allá, los recovecos costeros de Tenerife.
A veces, el isleño, confiado en su ancestral relación con el mar, le pone coto o lo modifica o juega con ‚el para hacerlo más suyo y más atractivo, como en el caso de la playa de Las Teresitas, en Santa Cruz de Tenerife, la capital de la isla, o en el del imaginativo Lago de Martiánez, en el Puerto de la Cruz.
Cálido siempre, el Atlántico que rodea Tenerife, muestra sus diferentes aspectos al visitante, calmo y relajado en la arena de las playas; blanco de espuma y plata en la roca del acantilado y esconde, en su interior, los tesoros de una fauna y una flora que deslumbran al submarinista y el amante de la fotografía acu ática.
Algunos veleros remozados brindan al turista inolvidables excursiones por la costa y modernas embarcaciones realizan viajes y mini cruceros entre las islas.
Desde el sur tinerfeño, por el camino del mar, se enlaza con La Gomera, una isla cercana, agreste y hermosa, que ha sido declarada, en su casi totalidad, Patrimonio de la Humanidad.
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